| 23 Junio 2009
El padre-cosa, por Philip Dick.
Introducción y traducción a cargo de Rebeca González Rudo. Integrante de Escucharte.
Introducción
En México se ha vivido una situación especial durante las últimas semanas, particularmente en el Distrito Federal. Las autoridades sanitarias y políticas del país crearon un cerco sanitario para contener, controlar, ubicar, un “nuevo” virus de la influenza, una mutación del tan temido virus de la gripe aviar. Dadas las características de este virus, al principio a la enfermedad que provoca se le denominó “gripe porcina”, ya que además de contener material genético humano y aviar, la mutación presente proviene del cerdo. Actualmente, el nombre pasó al de Influenza A(H1N1) pero el cambio no evitó que la influenza siguiera siendo influencia —un lapsus que ha circulado a todos los niveles. De repente, un mutante: invisible, incoloro e insaboro, pero eso sí con un tufillo a puerco, se apoderó del cuerpo de los niños y viejos, pero sobre todo del de los jóvenes. Había que tomar todas las precauciones para evitar que el virus —como dice un connotado locutor de noticias del canal de las estrellas— nos tomara entre sus garras. Imaginamos que esta invasión podía combatirse no saliendo a las calles, cerrando restaurantes, cines y demás lugares de esparcimiento. Evitar todo contacto físico era nuestra única arma efectiva y eficiente para combatir al enemigo. Ante los primeros anuncios de la epidemia, salieron a relucir los cubrebocas, como lo habían hecho también en esta ciudad después de los sismos del 85. Esta vez se trataba de un ser mutante, un alien que volaba por los aires, que entraba al cuerpo a través del apretón de manos o del beso amistoso del saludo y que terminaba matando a la gente. Inmediatamente, y como respuesta ante la amenaza de una epidemia global, comenzaron a circular toda serie de interpretaciones: de las que denotaban una incredulidad total en cuanto a los datos que manejaban los expertos en los medios de comunicación hasta las más elaboradas hipótesis de la marchante del puesto de verduras en el mercado, las del presidente sin corbata o las del taxista enguantado para recibir el pago de sus clientes. Cada quien su historia, cada quien su ficción: de la sapiencia de la ciencia todopoderosa que todo lo cura (sí hay cura para este virus, nos insistían, aunque no sirven ninguna las vacunas conocidas) a los remedios caseros, a las gélidas maquinaciones de las farmacéuticas transnacionales o las teorías de la reactivación económica y las teorías del shock. En un todo narrativo propio de la ciencia-ficción, la vida de este país se vio trastocada, como le sucede a Charlie en El padre-cosa, cuento de Philip Dick que a continuación presentamos. Charlie, un niño, toma sus provisiones ante una situación desconocida: un alien se ha apoderado del cuerpo de su padre y tiene que tomar medidas drásticas para acabar con el enemigo. Es una premisa familiar e interesante. Son muy populares los cuentos, las novelas, las películas de ciencia-ficción que se asumen como presagios de un futuro cercano o no. Dice Claudia Weiner (artefactos No. 1, primavera de 2009, p. 121) que la “ficción no confirma la realidad, la produce”, y en situaciones como la que se vive actualmente en el país, este tipo de narraciones donde se expresa el temor general de que la gente no es lo que aparenta ser, adquieren vida propia, fuera del “control” y la contención científica, fuera del ámbito de lo conocido, y nos dejan desamparados ante las malvadas intenciones de los perpetradores. La idea de que algo siniestro se está fraguando por debajo de la complaciente fachada “sanitaria”, ya sea desde los Pinos o las secretarías de Hacienda y Salud o alrededor de las granjas altamente tecnologizadas del estado de Veracruz, es un componente importante. La paranoia y la suspicacia generalizada puede provocar reacciones insospechadas. El padre-cosa trata de una invasión, no a una comunidad, sino a una familia. La captura por parte del alien sirve como una metáfora precisamente para la alienación: el padre-cosa representa al agente que, —movido por intenciones inescrutables—, irremediablemente causa daño al hogar y a la estabilidad familiar. La historia de Dick aborda la forma en la que un niño lidia con un hogar caótico. La respuesta de Charlie, cuando se encuentra excluido de su familia, es algo sorprendente y revela mucho de las ideas que tenía Dick acerca de la comunidad y el exilio. Tal como ocurre en El padre-cosa, las medidas dictadas por las autoridades para enfrentar esta epidemia obedecen a una tríada que se retroalimenta: acontecimiento desconocido, temor al alien, obediencia a un modelo abstracto. Ya veremos cómo se incorporan estos sucesos recientes a la vida del país, cómo esta ficción habrá de modificar los lazos sociales que nos definen. Por lo pronto, un anuncio de campaña que anda circulando del partido conservador (PAN) insiste en la prohibición de tocarnos para expresar nuestros afectos, evitar la expresión de nuestro amor para cuidar a los nuestros. Sin advertir que más mueren de desamor que de cualquier virus.
El padre-cosa por Philip Dick
“La cena está lista”, gritó la señora Walton. “Llama a tu padre y dile que se lave las manos. Lo mismo se aplica para ti, jovencito”, mientras ponía una cacerola caliente en la mesa ya dispuesta. “Lo encontrarás en el garage.” Charles dudó por un instante, el problema que le aquejaba hubiera confundido a cualquiera. “Yo… —”, comenzó vagamente. —¿Qué pasa?— June Walton captó el tono inquieto de su hijo y, con cierta alarma, su instinto materno se activó inmediatamente. “¿Qué no está Ted en el garage? ¡Por dios, si se encontraba afilando las tijeras de podar hace un minuto! No se habrá ido a casa de los Anderson, ¿o sí? Le había dicho ya que la cena estaba prácticamente servida a la mesa.” “Si, está en el garage,” dijo Charles. “Pero, está —hablando consigo mismo.” “¡Hablando consigo mismo!” La señora Walton colgó entonces su brillante delantal plástico. “¿Ted?, si nunca se habla a sí mismo. Ve y dile que venga acá”. Mientras, sirvió en las pequeñas tazas azul y blanco un poco del café recién hecho y en los platos la crema de elote que había preparado. “¿Qué es lo que te pasa? ¡Ve a decirle!” “No sé a cuál de los dos decirle”, replicó Charles desesperadamente. “Ambos se ven iguales”. El cazo de aluminio se le escurrió de las manos a June Walton. Por un instante, la crema de elote parecía que se le derramaría peligrosamente. “Jovencito —”, comenzó con cierto enojo, pero justo en ese momento, Ted Walton entró a la cocina, olisqueando y frotándose las manos. “¡Ah, potaje de cordero!”, dijo felizmente. “No, es de res”, dijo June. ¿Qué hacías allá afuera, Ted? Ted se sentó pesadamente en su lugar a la mesa y deplegó su servilleta. “He afilado las tijeras como una navaja. Aceitadas y afiladas. Más les vale no tocarlas —se podrían cortar”. Era un hombre bien parecido en sus tempranos treinta; de pelo rubio y grueso, brazos fuertes, manos competentes, la cara cuadrada y unos penetrantes ojos de color café. “Realmente se ve bueno este potaje, tuve un día pesado en la oficina,—ya sabes, es viernes. Todo se acumula y tenemos que sacar todas las cuentas antes de las cinco. Al McKinley dice que podríamos manejar cerca de 20% más cosas en el departamento si nos organizáramos en nuestra hora del almuerzo; escalonarlos para que siempre hubiera alguien en la oficina”. “Siéntate y vamos a comer”, dirigiéndose a Charles. La señora Walton entonces sirvió los chícharos congelados. “Ted,” le dijo mientras tomaba su asiento, “¿hay algo que te esté perturbando la mente? ¿La mente?, parpadeó, “no, nada fuera de lo común. Lo mismo de siempre, ¿por qué?” Con cierta inquietud June volteó a ver a su hijo. Charles estaba sentado rígidamente en su lugar sin expresión en el rostro, blanco como talco. No se había movido, no había desplegado su servilleta ni había tocado la leche servida. Se percibía una cierta tensión en el aire; lo podía sentir. Charles había colocado su silla lejos de la de su padre y se encontraba hecho un ovillo lo más retirado de la de él. Sus labios se movían pero no se podía entender lo que intentaba decir. “¿Qué es lo que pasa?” Le preguntó acercándose a él. “ El otro…”, Charles alcanzó a decir bajo su aliento, “el otro es quien entró”. “¿A qué te refieres, querido? June Walton le preguntó en voz alta. ¿Qué otro? Ted se sacudió. Una extraña expresión recorrió su cara pero desapareció de inmediato aunque fue suficiente para que el rostro de Ted Walton perdiera toda su familiaridad. Algo extraño y frío destelló, se trataba de una masa informe y torcida. Los ojos se le hicieron borrosos y hundidos, como si una película hubiera caído frente a ellos. El aspecto de un joven y cansado esposo había desaparecido. Inmediatamente regresó, o, casi. Ted sonrió y comenzó a devorar el guisado junto con la crema de elote y los chícharos congelados. Sonrió, movió su café, bromeó y comió. Pero algo terrible estaba pasando. “El otro…”, Charles murmuró, con la cara pálida y las manos temblorosas. Al mismo tiempo que saltaba fuera de la mesa. “¡Aléjate de aquí!, gritó, ¡lárgate! “Hey, dijo Ted ominosamente. ¿Qué es lo que te picó?, y señaló al chico la silla. “Vuelve a sentarte y come tu cena, jovencito. Tu madre no cocinó en vano.” Charles dio media vuelta y salió corriendo de la cocina, luego subió rápidamente las escaleras hacia su cuarto. June Walton, en tanto, trató de tomar aliento y se preguntó consternada: ¿qué demonios sucede—? Ted siguió comiendo. Su cara denotaba cierta severidad: ojos oscuros y mirada dura. “Ese chico”, dijo, “tendrá que aprender algunas cosas. Tal vez él y yo tengamos que tener una plática privada.” Charles se asomó e inclinó su cuerpo para escuchar. El padre-cosa subió las escaleras y acercándose cada vez más dijo enojado: “Charles, “¿estás ahí?” Charles no contestó, tratando de no hacer ruido, retrocedió y cerró la puerta de su cuarto. Su corazón latía fuertemente, el padre-cosa había llegado hasta el descanso de la escalera y en un momento más estaría en su cuarto. Se apresuró hacia la ventana, se encontraba aterrado. Eso…, eso había ya llegado a la puerta e intentaba abrirla. Charles levantó la ventana y de un brinco se encontró en el jardín de la casa. Un pequeño gemido se escuchó mientras caía y se tambaleaba entre las flores del pequeño jardín junto a la puerta de entrada. Tan pronto como cayó comenzó a correr fuera del haz de luz amarillento que despedía la lámpara de la puerta en la oscuridad. Llegó al garage que aparecía como una zona oscura en el horizonte. Respiraba fuertemente. Buscó con torpeza la linterna que llevaba en su bolsillo, cuidadosamente corrió la puerta del garage y entró. El garage se encontraba vacío. El auto estaba estacionado al frente de la casa. Del lado izquierdo estaba la mesa de trabajo de su padre. Los martillos y serruchos colgaban de las paredes de madera. En la parte trasera se encontraba la podadora, el rastrillo, la pala y la manguera. Una lata de petróleo. Había placas de automóvil pegadas por doquier, el piso era de cemento y tierra; una amplia mancha de aceite teñía el centro de la pieza y hierbajos grasientos y oscuros se dejaban ver entre las ranuras del piso iluminadas por la linterna. Justo al lado de la entrada se encontraba un bote de basura y arriba de éste se apilaban varias revistas y periódicos viejos, húmedos y mohosos. Un fuerte olor decadente se percibió al ser movidos. Varias arañas salieron corriendo y al caer al piso las aplastó. Charles continuó su búsqueda. La visión le provocó un estremecimiento; le hizo retroceder y la linterna cayó de sus manos. El garaje quedó en una penumbra inmediata. Entre la oscuridad y no sin cierto temor, Charles trató de encontrar la linterna en el húmedo y grasoso piso, por entre las huidizas arañas. Finalmente la encontró y pudo iluminar el fondo del barril. El padre-cosa lo había colocado al fondo. Hojas de papel y viejos pedazos de cartón, restos de revistas y de cortinas, basura que su madre había bajado del ático para quemarla algún día. Aún se conservaba algo de su padre y él lo pudo reconocer. Lo encontró, —la visión le produjo náuseas. Se agarró a la orilla del barril para no caer y cerró los ojos hasta que fue capaz de volver a mirar. En el fondo del barril se encontraban los restos de su padre, su verdadero padre. Los restos que no le habían servido al padre-cosa. Restos que había desechado. Introdujo entonces al barril el rastrillo para poder mover los despojos. Estaban secos. Se rompían y resquebrajaban con solo tocarlos. Eran como la piel desechada de una serpiente, frágil y quebradiza, crujiente al tocarla. Una piel vacía. Los interiores habían desaparecido. La parte importante. Esto era todo lo que permanecía, sólo la seca y quebradiza piel amontonada en el fondo del barril. Esto era todo lo que el padre-cosa había dejado; se había devorado el resto. Tomado los interiores —y el lugar de su padre. Un sonido. Tiró el rastrillo y corrió hacia la puerta, el padre-cosa venía caminando hacia el garage, sus pisadas crujían en la grava. “¡Charles!”, le gritó muy enojado, “¿estás ahí? Espera a que te atrape jovencito!”. La figura nerviosa de su madre se podía ver en el umbral iluminado de la puerta de la casa. “Ted, por favor, no le vayas a hacer daño, está molesto por alguna razón”. “No lo voy a dañar”, dijo el padre-cosa mientras encendía un cerillo. “Sólo voy a tener una pequeña plática con él. Necesita aprender mejores modales, mira que dejar la mesa y salir corriendo hacia la noche, saltar del techo…” Charles se escabulló del garage pero la luz del cerillo alcanzó a iluminar brevemente su movimiento y el padre cosa con un bufido le espetó: “Ven aquí”. Charles salió corriendo. Conocía el terreno mejor que el padre-cosa, esa cosa sabía mucho al tomar los interiores de su padre pero nadie conocía mejor el terreno que él. Llegó a la reja, la saltó para caer en el patio de los Anderson, corrió por entre el tendedero de ropa hasta alcanzar la calle del Maple al lado de la casa. Se detuvo un momento a escuchar con la respiración entrecortada. El padre-cosa no lo había perseguido, tal vez había regresado o venía por la acera. Tomó un respiro profundo. Tenía que seguir moviéndose. Tarde o temprano la cosa daría con él. Miró a la derecha e izquierda para cerciorarse que nadie venía e inmediatamente comenzó a correr a paso rápido. ¿Qué es lo que quieres? Le preguntó beligerantemente Tony Peretti. Tony tenía 14 años y se encontraba sentado en la mesa del comedor de la familia rodeado de lápices y libros y un sandwich de crema de cacahuate y mermelada a medio comer. “¿Eres Walton, no?, le preguntó. Tony Peretti trabajaba desempacando estufas y refrigeradores después de la escuela en la tienda de enseres del señor Johnson en el centro del pueblo. Era un joven robusto y de rostro amplio. Pelo negro, piel oliva y dientes blancos. Un par de veces había tundido a Charles a golpes así como lo había hecho con casi todos los chicos del barrio. Charles se sacudió inquieto y dijo: “Oye Peretti, házme un favor.” ¿Qué es lo que quieres?” contestó Peretti molesto. “¿Estás buscando un puñetazo? Sin quitar la vista del amenazador puño de Peretti, Charles balbuceó como pudo lo que había pasado. Cuando hubo terminado, Peretti, dejando escapar un incrédulo silbido, le dijo: ¿no bromeas? “Es verdad” dijo entonces Charles, “te lo mostraré, ven y lo verás.” Lentamente Peretti se incorporó al tiempo que decía: “Sí, muéstramelo, quiero verlo”. Tomó un rifle de municiones de su cuarto y los dos salieron en silencio hacia casa de Charles. Ninguno de los dos decía mucho. Peretti estaba absorto en sus pensamientos, serio y con cara solemne. Charles se encontraba todavía aturdido; su mente se encontraba en blanco. Pasaron por la cochera de los Anderson, cortaron por el patio posterior, treparon la reja y descendieron al jardín de casa de Charles. Nada se movía, el jardín silencioso, la puerta frontal de la casa cerrada. Se asomaron por la ventana de la sala. Las persianas cerradas dejaban ver por una rendija un haz de luz amarillenta. Sentada en el sillón la señora Walton se encontraba remendando una playera de algodón. Tenía una mirada triste y preocupada. Trabajaba distraídamente y sin poner interés en lo que hacía. Enfrente de ella se hallaba sentado el padre-cosa en el cómodo sillón reclinable de su padre, se había quitado los zapatos y leía el periódico. La TV se encontraba encendida en el rincón, sin que nadie le pusiera atención. Una lata de cerveza al lado del sillón. El padre-cosa se sentaba igual que su padre; cuánto había aprendido. “Si se ve igualito a tu padre”, dijo Peretti sigilosamente. “¿No me estarás tomando el pelo, verdad? Charles entonces le condujo al garage y le mostró el bote de basura. Peretti metió sus largos brazos al interior del bote y sacó los secos y quebradizos restos. Los fue colocando hasta que la figura completa del padre se encontraba fuera. Peretti colocó las partes que faltaban como armando un rompecabezas en el piso. Los restos eran incoloros, casi transparentes. De un color ambar amarillento, delgados como papel. Secos y sin gota de vida. “Eso es todo,” dijo entonces Charles y los ojos se le llenaron de lágrimas. “Eso es todo lo que queda de él, la Cosa tiene los interiores.” Peretti estaba pálido. Tembloroso volvió a colocar los restos dentro del bote de basura. “Esto es realmente algo…”, murmuró; “y, ¿dices que viste a los dos juntos?”. “Hablando, pero se ven exactamente iguales y luego corrí hacia dentro.” Charles se limpió las lágrimas y pero siguió alterado, no podía seguir aguantando. “Se lo comió mientras yo estaba adentro, luego entró a la cocina y pretendió que era él, pero no lo es. Lo mató y se comió sus interiores.” Por un momento Peretti permaneció en silencio. “Te digo algo, había ya oído cosas de esta naturaleza y, es un asunto muy malo. Tienes que usar la cabeza. ¿Estás asustado? “No”, contestó Charles con cierta dificultad. “Lo primero que tenemos que hacer es figurarnos cómo matarlo. —Moviendo su rifle de municiones prosiguió—, No sé si esto funcione. Ha de ser bastante rudo para haber tomado a tu padre que es un hombre fuerte”, consideró Peretti. “Vámonos de aquí, esa cosa podría regresar. Dicen que es lo que hace un asesino.” Salieron silenciosos del garage y nuevamente Peretti miró por la ventana. La señora Walton ahora se encontraba parada caminando y hablaba ansiosamente. Unos murmullos se lograban filtrar. El padre-cosa tiró su periódico. Discutían. “¡Por amor de dios!, gritó el padre-cosa. “No vayas a hacer semejante estupidez”. “Pero, hay algo que no está bien”, gimió la señora Walton. “Algo terrible, tan sólo déjame llamar al hospital y veremos.” “No llames a nadie, él está bien, probablemente está jugando en la calle.” “Si nunca está fuera hasta tan tarde. Nunca desobedece. Se encontraba tremendamente alterado, —¡te tenía miedo! Y no lo culpo.” Su voz en ese momento se quebró, “¿Qué es lo que te pasa?, estás tan extraño.” Se salió del cuarto hacia el pasillo. “Le llamaré a algunos vecinos.” El padre-cosa la siguió con la mirada hasta que desapareció. Luego, pasó algo terrible. Charles perdió la respiración e incluso Peretti emitió un raro sonido con su repiración. “Mira”, señaló Charles, ¿qué…? “¡Rayos!”, dice Peretti, abriendo los ojos desorbitadamente. Tan pronto como la señora Walton abandonó el cuarto, el padre-cosa pareció hundirse en el sillón, con una flacidez que le provocó abrir la boca. Los ojos adquirieron una mirada vacía, su cabeza colgaba hacia delante como un muñeco de trapo desechado. Peretti se movió de la ventana. “Eso es todo”, murmuró, “esa es toda la cosa”. “¿Qué es eso?”, Charles exigió. Se encontraba en shock y altamente desconcertado. “Parece como si alguien le hubiera quitado la corriente”. “Exactamente”, Peretti asintió con la cabeza, “está controlado desde el exterior.” El horror se instaló en Charles: “¿Te refieres a algo fuera de este mundo? Peretti movió la cabeza con disgusto: “¡Fuera de la casa, en el patio!, ¿sabes cómo encontrarlo?”. “No muy bien, pero conozco a alguien que es bueno para encontrar”. Forzó su memoria para dar con el nombre, “Bobby, Bobby Daniels”. “¿El niño de color, es bueno para encontrar?” “El mejor”. “Está bien” dijo Peretti, “Vamos por él. Tenemos que encontrar eso que está por acá afuera, lo que entró y le hace seguir…” “Está cerca del garage”, Peretti le informó al pequeño niño negro que se encontraba a su lado en la oscuridad. “Cuando lo atrapó él se encontraba en el garage, así que mira por ahí.” “¿En el garage?” preguntó Daniels. “Alrededor del garage, Walton ya ha buscado dentro por todo el sitio, así que mira alrededor, en las cercanías.” Había una cama de flores justo afuera del garage y una maraña de bambú y basura del jardín entre la parte trasera de la casa y la cochera. La luna había salido y una luz tenue, fría y brumosa bañaba todas las cosas. “Si no lo hallamos pronto, dijo Daniels, tendré que regresar pronto a casa, no puedo permanecer fuera hasta tan tarde.” No era un niño mayor que Charles, tal vez tenía nueve. “Está bien”, acordó Peretti. “Entonces apresúrate.” Los tres se dispersaron y empezaron a repasar el terreno cuidadosamente. Daniels trabajó con especial velocidad; su ágil y delgado cuerpo se movía con presteza conforme se deslizaba entre las flores y alzaba las piedras, se asomaba por debajo de la casa, separaba los setos, recorría con sus manos las hojas y tallos que encontraba a su paso. No se perdía un centímetro de terreno. Después de un rato, Peretti se detuvo. “Estaré de guardia, podría ser peligroso. El padre-cosa podría venir y tratar de detenernos.” Se colocó en la parte trasera de la casa con su rifle de municiones a cuestas, mientras, Charles y Bobby Daniels seguían buscando. Charles trabajaba despacio. Estaba agotado y tenía el cuerpo frío y entumecido. Parecía algo imposible, el padre-cosa y lo que le había pasado a su propio padre…, a su padre real. En ese instante el terror se apoderó de él: ¿qué sería si algo le pasaba a su madre o a él?, ¿o a cualquier otra persona, tal vez a todo el mundo? “¡Lo encontré!” Daniels gritó. “Vengan rápido”. Peretti tomó su rifle y se levantó con precaución. Charles se apresuró y dirigió el haz de su linterna hacia donde Daniels se encontraba. El chico negro había levantado una loza de concreto. Sobre la húmeda y descompuesta tierra, la luz hizo resplandecer un cuerpo metálico. Algo anillado y delgado, con múltiples patas torcidas, trataba de cavar frenéticamente. Tenía un caparazón, como una hormiga; era un bicho de un color rojizo que desapareció rápidamente ante sus ojos. Las filas de patas se movían y trataban de asirse haciendo que la tierra cediera a su derredor rápidamente. Su perversa cola se movía furiosamente conforme se iba metiendo, no sin dificultad, al interior de su recién cavado túnel. Peretti corrió hacia el garage para tomar el rastrillo. Logró prender la cola del bicho. “¡Rápido, dispárale con el rifle!” Daniels tomó entonces el rifle y apuntó. El primer tiro le dio en la cola y provocó que se soltara. El insecto comenzó a torcerse y retorcerse frenéticamente. Su cola se arrastraba inútilmente y algunas de las patas se le desprendieron. Medía como un pie de largo, como un gran milípedo. Trataba de escapar desesperadamente hacia su hoyo. “¡Vuelve a disparar!” ordenó Peretti. Daniels se hizo bolas con el rifle. El insecto siseaba y se deslizaba. Su cabeza se contorsionaba en todas direcciones; se torcía y trataba de morder el rastrillo que lo sujetaba. Sus malvados ojillos destellaban un odio indescriptible. Por un instante logró penetrar uno de los dientes del rastrillo y luego, abruptamente, se revolvió en una frenética convulsión que provocó que todos, atemorizados, retrocedieran. Algo le retumbó en la cabeza a Charles. Era un zumbido fuerte y metálico, como si un millón de cables metálicos vibraran y danzaran al unísono. Inmediatamente, sintió que una fuerza violenta lo retiraba de sus piés, al escuchar el sonido del metal chocando, quedó confundido. Trastabilló, pero pudo alcanzar a recuperarse y retrocedió. Pálidos y turbados, los otros hicieron lo propio. “Si no podemos matarlo con el rifle, lo podemos ahogar, o quemar, o le podemos perforar el cerebro”, balbuceó Peretti mientras luchaba por mantener a raya al bicho. “Tengo un frasco de formaldehído”, Daniels alcanzó a decir y tomando el rifle nerviosamente entre sus manos: “¿cómo funciona esto?, no puedo hacer que…” Charles le arrebató el rifle. “Lo voy a matar”. Tomó posición agachándose, con un ojo en la mira, apuntó y jaló del gatillo. El bicho se sacudió y luchó. Se retorcía con fuerza pero Charles siguió con el rifle firmemente sin retirar el dedo del gatillo… “¡Ya está bien, Charles!”, dijo el padre-cosa. Charles sintió que unas manos le tomaban y paralizaban las muñecas. Al tratar de defenderse, el rifle cayó al piso. El padre-cosa se empujó contra Peretti, quien de un salto soltó el rastrillo, dejando libre al bicho que se escurrió rápidamente al interior del túnel. “Está bien, Charles, te mereces una buena tunda”, dijo el padre-cosa, “¿qué es lo que te pasa? Tu madre está fuera de sí de la preocupación. Había estado ahí todo el tiempo, agazapado entre las sombras, observándoles. Muy cerca de su oído le susurro con una voz calmada y sin denotar emoción alguna, una parodia terrible de la de su padre, mientras lo empujaba hacia el garage. Sintió su frío aliento sobre su cara, tenía un olor peculiar como a tierra en descomposición. Sintió su fuerza desmesurada, no podía hacer mucho. “No te resistas”, dijo calmadamente. “Charles, entra al garage, esto es por tu bien, yo lo sé.” En ese momento de la puerta trasera entró su madre: “¿Le has encontrado?, dijo ansiosamente. “Sí, lo encontré”. “Y, ¿qué es lo que harás? “Unas cuantas nalgadas”, conforme abría la puerta del garage, “aquí adentro”, y una leve sonrisa, sin humor algunote recorrió el rostro. “Vete de regreso a la sala June, yo me encargo de esto. Está más en mi línea pues a ti nunca te ha gustado castigarlo.” Cerró la puerta trasera con desgano tras de sí, la tenue luz fue cediendo, Peretti se agachó y tomó el rifle y este movimiento provocó que el padre-cosa se paralizara de momento. “Váyanse a casa chicos”. Peretti permaneció parado indecisamente, con el rifle entre las manos. “¡Vamos!, les repitió el padre-cosa. “Deja ese juguete y vete a casa”. Conforme daba un paso hacia Peretti pero sin soltar a Charles, lo alcanzó con la otra mano: “No se permiten este tipo de armas en el pueblo, hijo, ¿sabe tu padre que tienes una? Hay una orden del pueblo, creo que mejor me la das antes de que—“ Peretti le disparó al ojo. El padre-cosa lanzó un gemido tocándose la zona. Abruptamente, se lanzó contra Peretti, quien se movió hacia la entrada de la cochera tratando de volver a cargar el arma. El padre-cosa tomó aire y arrebató con sus poderosas manos el arma de las manos de Peretti, lanzándola contra la pared de la casa. Charles logró zafarse y corrió. ¿Dónde se podría esconder? Sólo podría estar entre la casa y él. La negra figura se venía hacia él, mirando en todas direcciones en la oscuridad, figurándose dónde se encontraba. Charles retrocedió. Si tan sólo encontrara un lugar donde esconderse… El bambú. Logró escabullirse un vez más y se arrastró hacia el bambú. Los carrizos eran altos y viejos y se cerraban a de su paso. El padre-cosa torpemente comenzó a buscar algo dentro de su bolsillo, finalmente logró sacar una cartera de cerillos y encender uno. “Charles, sé que estás ahí, no tiene caso esconderse; sólo lo estás haciendo más difícil”, dijo. Charles se encontraba agazapado dentro del bambú, su corazón latía fuertemente. Tierra y escombro por doquier: raíces, basura, papel, cajas, cartón, ropa vieja, latas, botellas. Múltiples arañas y lagartijas se movían a su alrededor. El bambú se movía al ritmo del viento nocturno, los insectos y el escombro. Y algo más. Una forma silente e inmóvil surgía de entre la basura, algo así como un hongo nocturno. Era una masa blanquecina y pulposa que relucía húmedamente a la luz de la luna. Un mohoso capullo cubierto por telarañas se dejaba ver, vagamente se le figuraban una serie de patas y algo que en cierta forma parecía como cabeza. Todavía no tenía rasgos desarrollados, pero Charles supo decir de qué se trataba. La madre-cosa. Crecía aquí entre la humedad y la basura, entre la casa y el garage, en medio del crecido bambú. Se encontraba casi madura y en unos cuantos días la alcanzaría. Aún se encontraba en estado larvario, suave, blanco y pulposo. El calor del sol provocaría su calentamiento y secado y en pocos días la coraza cambiaría de color oscureciéndose y endureciéndose. Rompería su capullo y, algún día que su madre se acercara al garage… Detrás de la madre-cosa se encontraban otras larvas igualmente blancas y pulposas, apenas salidas del insecto. Eran pequeñas, recién desovadas. Llevó su vista al lado hasta ver el lugar por donde había salido el padre-cosa, aquí era el lugar donde había madurado y de donde luego salió para encontrar a su papá en el garage. Charles comenzó a retirarse aturdidamente, alejándose de las tablas rotas y los escombros, de las húmedas larvas-hongo. Débilmente trató de salir y asirse a la barda, pero trastabilló y se quedó paralizado. Otra, otra larva. No la había visto al principio. Ya se había tornado oscura, no era blanca. Había desaparecido ya la humedad y la suavidad pulposa, las telarañas a su alrededor. Estaba lista. Se movió un poco extendiendo una de sus patas delanteras débilmente. El Charles-cosa. En ese momento el bambú se separó y la mano del padre-cosa surgió de entre los carrizos tomándole firmemente de la muñeca: “Quédate aquí. No te muevas, le dijo, éste es exactamente tu lugar.” Con la otra mano le quitó el resto del capullo liberando por completo al Charles-cosa. “Le ayudaré a salir, está todavía débil”. Rasgó el último jirón gris del capullo y el Charles-cosa se desplegó libremente. Pataleando inciertamente, el padre cosa le abrió camino hacia Charles. “Por aquí, yo te lo detengo” dijo entonces el padre-cosa. “Cuando te hayas alimentado estarás más fuerte”. El Charles-cosa abrió y cerró la boca, acercándose amenazadoramente a Charles. El chico trató de zafarse inútilmente, la mano del padre-cosa no lo soltó. “Deja de moverte, jovencito. Será mucho mejor para ti si tú…”, dijo con energía el padre-cosa. En ese momento comenzó a gritar y a contorsionarse. Al moverse con tanto estrépito dejó suelta la mano de Charles y retrocedió. Su cuerpo se sacudía violentamente hacia todos lados y chocó contra la puerta del garage. En un instante rodó y se movió como en un agónico baile. Emitía una serie de ruidos extraños y gemía, moviéndose, trató de huir hacia otro lado. Gradualmente se fue callando. El Charles-cosa yacía calladamente como algo estúpido descansando entre los carrizos y los escombros, de cara vacía y expresión en blanco. Finalmente el padre-cosa se quedó quieto. Un ligero sonido del bambú se escuchó al pasar el viento nocturno. Charles se levantó pesadamente. Salió al camino de cemento. Peretti y Daniels se acercaron con precaución y los ojos bien abiertos. “No se le acerquen, ordenó Daniels secamente, aún no está muerto, le tomará tiempo”. “¿Qué es lo que hiciste?”, preguntó Charles. Daniels colocó el tanque con kerosene en el piso con cierto alivio. “Lo encontré en el garage. Nosotros, los Daniels, allá en Virginia, siempre hemos usado kerosene contra los mosquitos.” “Daniels rocío con kerosene el túnel del bicho”, explicó Peretti, todavía sorprendido; “fue su idea”. Daniels movió con el pie al padre-cosa. “Ya está muerto, murió en cuanto murió el otro bicho”. “Supongo que los otros también morirán” dijo Peretti. Separó el bambú y examinó las larvas que se encontraban en los escombros. El Charles-cosa no se movió mientras Peretti le picaba el tronco con un palo, “esta cosa está ya muerta”. “Mejor nos aseguramos”, dijo Daniels siniestramente levantando con sus manos el tanque de kerosene, lanzándolo hacia el bambú. “Tiró unos cerillos a la entrada del garage, ve por ellos Peretti.” Se miraron unos a otros. “Claro”, dijo Peretti suavemente. “Mejor encendamos la manguera, para asegurarnos que no se esparza”, dijo Charles. “Vamos”, dijo Peretti impacientemente conforme se echaba a andar. Charles rápidamente le siguió y comenzaron a buscar los cerillos en la oscuridad nocturna.
Traducción: Rebeca González Rudo





