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Junto con otros analistas, sociólogos y antropólogos fuimos convocados para la realización de una “observación” en un hogar de niños, debido a la existencia de varias denuncias que acusaban que los derechos de los que allí vivían eran vulnerados. Fue así que representando a un organismo público se produce el primer acercamiento. La primera impresión del lugar se alejaba bastante de lo que imaginaba cuando se menciona “Hogar de niños”. Paredes grises,  estructuras de hierro, portones, un gran galpón. Restos arquitectónicos indicaban que allí había funcionado una fábrica. En la actualidad, el cartel de la puerta nombraba que en ese lugar se alojaban niños que por diversas razones fueron separados de sus familias de origen. La primera impresión instalaba los primeros interrogantes. Lejos de parecer un hogar, ediliciamente seguía impresionando ser una fábrica. ¿Niños / operarios? Horarios establecidos, rutinas de actividades. “A las 12 se come” “En esa lista se anota a quien le toca limpiar cada día”. Quienes allí vivían, deambulaban por las calles que ahora oficiaban de “patio”. Entonces, me preguntaba ¿Donde están los niños? ¿Dónde está el hogar? Los espacios estaban delimitados: en una esquina la casa de las nenas, en la otra la de los varones. Grandes distancias, separaciones, pero ninguna de las diferencias que allí se establecían daban cuenta de la singularidad de cada quien. Por ejemplo,  la vestimenta era compartida. “Acá todo es de todos”.  “Compartimos todo”. Entonces, esto convoca a pensar que nada era de nadie; y que el  compartir no era posible a partir de que, lo que se compartía no le pertenecía a ninguno. Para que alguien pueda  compartir con otros, primero es necesario que eso le pertenezca. Que sienta que es suyo, y así pueda entregarlo; e incluso reclamarlo. La observación a la que éramos convocados no podía ser sin participar del lugar, sin formar parte. Fue así, que comenzaron a originarse lazos. Surgían diferentes juegos, y actividades. Era notoria la preferencia por dibujar,  pintar y por los materiales que se utilizaban. Por ello,  decidimos organizar un taller de plástica. Entusiasmados con la idea, cada uno dibujaba en grandes afiches lo que tuviera ganas. Al ver los dotes de los demás para la pintura, y el dibujo, se iban pidiendo colaboración para que el acabado final sea cada vez mejor. El compartir empezaba a encontrar lugar.  Al finalizar cada uno podía colocar el afiche donde quisiera. La mayoría optaba por colocarlos en las habitaciones, en la pared de su cama. Poco a poco, las paredes se iluminaban, y cada quien tomaba sus lugares. Luego de varios encuentros realizando afiches, y seguir pensando en como hacer lugar a la singularidad surge la idea de realizar “cajas personalizadas”. Esto significaba, que cada uno debía buscarse una caja de cartón, la cual seria decorada de la forma que más le gustase, para que dentro de ella se pudiera guardar los “objetos personales”.  Algunos la  llamaban “Caja de emergencia”.  Golosinas, muñecos, pinturitas, era alguno de los tesoros. ¿Qué es lo que estaba emergiendo? El toque final era ponerle el nombre para que no se “confundan”. Lo que emergía, lo que surgía, era la posibilidad de diferenciarse, de que “no se confundan” más. Ya no se  trataba de la disciplina de los cuerpos. Sino de  crear diferencias, que posibiliten que cada uno sea alguien entre otros, para otros. Entonces, los niños empezaban a aparecer, en el momento  que había alguien que los ubicaba como tal. Algo del alojamiento de un hogar tomaba otros colores. El gris era uno entre otros.

Cecilia Pose, integrante de Escucharte.