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El diagnostico, implica una noción de salud,  una idea de la enfermedad, e incluye  una acción, es decir una  práctica para eliminar la enfermedad o el malestar que la enfermedad provoca.
En psicopatología se suele hablar de clínica diferencial,  en relación  a lo que se  ha divulgado como   neurosis, perversión, psicosis. Tales términos resultan cómodos cuando buscamos entendernos entre nosotros, pero si quedamos atrapados en esas referencias  ya no encontramos nada nuevo, sólo escuchamos aquello que  sabemos que ellos definen. Por ejemplo, ubicar   tal  modo de dirigirse a otro  como  un delirio puede resultar útil para una descripción, pero ¿qué dice  de la vida, del sufrimiento o no,  singular, de aquel que lo practica? La experiencia  analítica es una suspensión de los conocimientos previos, es la apuesta a la lectura que surge con  la transferencia, nada mas ni nada menos que esa  suerte de   dispositivo minimalista en el que se le habla a alguien.


El psicoanálisis  trastoca la noción de salud, ya que para Freud:  "la transferencia crea una zona intermedia entre la enfermedad y la vida, y es a través de esa zona que se produce la transición de una a otra". Ese nuevo estado: la transferencia,  dice Freud : “ha acogido todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial, asequible por todos lados a nuestra intervención. Al mismo tiempo, es también un trozo de vida real, pero provisorio y hecho posible por circunstancias especialmente favorables”
La única salud para el análisis es la salud de la transferencia. ¿Pero qué es una transferencia sana? Freud ubicaba  a la transferencia como una nueva neurosis, aquella  que se produce   en relación al analista : “puede decirse que la neurosis primitiva ha sido sustituida por una nueva neurosis de transferencia”
¿Cuál es la paradójica “neurosis”, la paradójica “enfermedad” creada  por  un análisis? : La “enfermedad” humana de hablarle a otro. Es la   condición de posibilidad de  la cura. Se crea una zona intermedia, cierta y  eficaz, una parte de la vida, que cuenta con la  presencia del analista como  elemento novedoso que opera  sobre los -quizás antiguos- padeceres.Esta particularidad del psicoanálisis muestra que su práctica apuesta al lazo social, pues esta experiencia reside simplemente en palabras… dichas a alguien. Palabras que por decirse tocan el cuerpo, un cuerpo que llega a la consulta  afectado, no lo olvidemos, ¡ por la palabra.!
En este contexto ¿cómo cabe plantear una psicopatlogia análitica?  Un modo de producir palabras no podría considerarse fijo a partir de iniciarse un análisis, pues esa fijeza sería un impedimento a la apuesta del analisis. Cada sesión,  cada vez,  por sólo producirse, es nueva,  y   pone en cuestión la estabilidad de estructuras previas, haciendo explotar la noción de diagnóstico.

 

Claudia Weiner, analista, miembro de la elp