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Alguien puede llegar a un análisis, simplemente por que algo no funciona, un vacío, un padecer, un malestar. Incluso una sensación que provoca un disturbio, de la cual además esa persona quiere hablar,  puede llevarlo a consultar. Esa simpleza implica una enormidad.
El motivo de consulta  puede ir desde un intenso sufrimiento hasta   un raro interés de hablar de algo particular, o de algo que nunca se le contó a nadie, o sí se contó, pero esta vez quiere decirse de un modo diferente. A la gente no le pasa eso con cualquier cosa, a veces  los malestares  o  las sensaciones, los peores dolores se disipan con una acción, se lo distrae, o se los disuelve. Pero ¡estos otros no! son extraños,  ¡AY! ¡Insisten! ¡UF! vuelven a aparecer,  hacen pensar,  despiertan por la noche. Llegan a ser parte del cuerpo, o cambian la forma de actuar de quien los porta, o trastornan su propia imagen, o sus relaciones con los otros, y aún más…Entonces comienza la paradoja -que no por muy conocida deja de serlo- ¿Cómo no desprenderse de algo que provoca  sufrimiento?¿Será que no sólo es sufrimiento?

Es que esas imperfecciones de la vida de cada quien,  son … de cada quien. Dicen algo de quien las lleva, e incluso a veces constituyen el rasgo de indocilidad que hace a alguien sentirse quien es.  He aquí la cuestión: se puede querer salir del sufrimiento, pero no  de cualquier manera, no con una rápida acción, sino haciendo algo con esa particularidad. Si bien se ya dicho que quien consulta no sabe porque sufre,  sí sabe,  o sospecha, que hay un potencial creativo en su padecer. (Quizás de  allí  la no tan mítica fama de los artistas sufrientes.).  ¿Es  esta la ocasión de un análisis?  ¿Por qué no?  ¡Acaso no es el momento de econtrar un analista? , aquel que tiene la fama de interesarse por el sufrimiento, de no acallar las palabras, incluso la mala fama de quedarse en silencio a la espera de seguir escuchando aún más.
El hecho de que en un análisis haya, nada mas y nada menos,   “alguien a quien se le habla” (definición lacaniana,  precisa y casi minimalista de la práctica analítica) no es un hecho común y cotidiano

Las dificultades de una joven que ha dejado de comer, de una mujer que una y otra vez es abandonada, de ese niño que  moja  la cama, de esa niña que no deja de enfermarse, de aquel que tiene una buena vida -y sin embargo- está aburrido, del que no puede hacer amigos o prosperar en sus estudios, de esa buena señora que un  día ya no quiso levantarse de la cama… A  partir de las  ganas de hablar de ellas, esas dificultades se vuelven prometedoras.

En  un análisis se escucha y lo que  se dice, provenga   del paciente  o del analista, es también una forma de escucha en voz alta, pues  es la lectura compartida de la vida singular que allí se despliega y que ya es el comienzo para  pasar a otra cosa.