| 08 Julio 2009
Psicoanálisis: danza de los cuerpos ¿cuál cuerpo? ,Alberto Sladogna El psicoanálisis es una danza, el analizante danza en torno del diván del analista y para dar lugar a la fabricación y puesta en circulación de un objeto que le dará cuerpo a su deseo “y mantenerlo en danza. El analizante “da vueltas alrededor” de los ojos o el oído o…del analista. En un psicoanálisis la “mente” o “lo mental”, al igual que en la danza, sólo produce inhibición, síntoma o angustia, o las tres cosas a la vez. La mentalidad es un aplastamiento del cuerpo cuyas tres dimensiones quedan reducidas al espacio plano. La danza es una puesta en acto que se aleja de la mente, así por ejemplo, las danzas de algunos pueblos fueron motejadas como danzas “de las mentalidades primitivas” con lo cual el adjetivo genera un espacio de exclusión comparativa. Extraña exclusión pues esos pueblos, llamados también originarios, al jugarlo en la danza tenía un cuerpo.¿Cómo se juega el cuerpo en un análisis? Se ha forjado un mito que no debemos desdeñar: en el psicoanálisis se juega el territorio de la palabra, el analizante, en efecto, habla de aquello que se le ocurre y de ahí se ha concluido que el cuerpo sería aquello de lo que se habla, aquello que da de qué hablar, aquello que obliga hablar o a callar. Incluso algunos psicoanalistas proponen a sus analizantes: decir todo aquello que “pase por su cabeza, sin priorizar nada”. Si se trata de hablar ¿a qué se debe la prioridad otorgada sólo a esa parte del cuerpo?, de todas formas, subrayamos: esa consigna se dirige a una parte del cuerpo del analizante. Esa prioridad está construída, es una cita del psicoanalista, ya no con el habla, sino con el lenguaje. En efecto, la cabeza aparece como un lugar privilegiado para las actividades racionalistas del filósofo Descartes, quien a partir de la “glándula pineal” desplazó las actividades pasionales del cuerpo formuladas por el corazón pasando a la cabeza como hecho “biológico”, “objetivo”; de la cabeza a la mente no hay mucho trecho. Notemos que el corazón es una figura cargada de pasiones mientras que la cabeza sólo está cargada, según Descartes, de pensamientos objetivos producidos por tales o cuales mecanismos neurobiológicos, con lo cual llegaríamos a la novedad de que la actividad de danzar está alojada en tal o cual porción del cerebro. El psicoanálisis junto con la danza revela la persistencia de una subjetividad que no puede reducirse a los componentes biológicos que son parte del cuerpo, el cuerpo humano es otra cosa, como se puede ver en la ejecución de una danza. Las pasiones tienen una singularidad que llamaron la atención de Sigmund Freud y de Jacques Lacan: ellas no se reprimen sino que se desplazan, ellas se mueven, bailan y lo hacen en un escenario singular: el cuerpo es el teatro que alberga las pasiones, los sentimientos, las fantasías, y el deseo. Preguntamos ¿algún danzante tiene condiciones para danzar y producir un cuerpo danzante sin dar lugar a los deseos que sus fantasías ponen en juego? Conviene recordar que el término “fantasía” no es ajeno a la danza. Las pasiones y los sentimientos son una manifestación del ser de la cual las palabras no logran dar cuenta: alguien al danzar genera un cuerpo, no lo habla, pues si hablará no tendría condiciones para danzar. La actividad de la danza no sustituye a la palabra, el carácter de acto corporal de la palabra no está a la altura de aquellos sentimientos que la danza construye y muestra. Acaso, quizás, esté allí el punto de intersección entre la danza, el cuerpo, el danzante y el público. Danzar con palabras es un acto corporal y danzar dejándose arrullar por la música es la forma de construir en acto un cuerpo: el cuerpo de esa danza, ese cuerpo no es previo a cada danza, en cada danza se reinventa. Indicamos que hablar y danzar son dos formas, entre otras posibles, de hacer cosas con el cuerpo. En ambas situaciones está jugado y se juega un cuerpo, en el momento mismo en que cada movimiento lo construye. El psicoanálisis comparte con la danza su carácter performativo: en ciertas circunstancias decir algo (un acto corporal de hablar) o poner en movimiento el cuerpo es llevar a cabo un acto de lenguaje. (Ver. J. L. Austin, ¿Cómo hacer cosas con las palabras?) Una forma singular de la danza es el amor, incluido el amor por la danza, ese amor sostiene un deseo que permite danzar. El amor es la condición de posibilidad de que el goce obsceno que, en ciertas circunstancias, aqueja nuestro cuerpo permita el juego de un deseo. El goce fue definido por los jurisconsultos como aquella posibilidad de obtener un disfrute de una cosa –la res. ¿Cómo se articula el disfrute con la danza?, quizás sea pertinente formular de otra manera el interrogante ¿Cómo es que la danza se las ingenia para hacer frente al goce obsceno que puede acabar con el cuerpo del danzante? Si una danzante se deja tomar por los ojos del público será pasto, posiblemente, de un traspié o de una parálisis o de… Andre Breton indicaba el carácter caníbal del ojo ¿Cómo se hace en la danza para sortear la tentadora oferta de ser el objeto que alimenta a ese caníbal? Quizás los bailarines sin saberlo ponen en juego una disimulación honesta: sortean el ver dejando algo que les permite pasar al terreno de la mirada, terreno más viable para danzar con el cuerpo. Al menos, algo puede precisarse: si el danzante “ve” al público ya no está en la danza se salió de aquello que le permite danzar pues ha salido de la mirada. “Ver” no es igual a “mirar”. Tanto Sigmund Freud (1912) como Jacques Lacan (1961) se permitieron articular la danza con el cuerpo, uno por vía de la identificación y el otro por la vía del amor singular que se despliega en un análisis, lo que se llama amor…de transferencia. Lacan no vaciló en identificar al psicoanálisis con la danza, por ejemplo, los singulares estremecimientos que se producen allí, entre el amante y el amado en torno a un objeto, incluso no vaciló en subrayar la ausencia de fijación en esos lugares, en ciertos momentos se desplazan de un lugar a otro, esos lugares no están necesariamente preestablecidos de antemano, se hacen y se producen en la danza misma no fuera de ella, en la danza de cada análisis, de cada una de las sesiones de danza analítica se constituyen. En la danza suele ocurrir que sin el amor -y su compañero el odio- no sea factible danzar. Freud indicaba (1897) que la danza tenía un grado tal de eficacia subjetiva que los poderosos solían temerle y de ahí que en no pocas ocasiones condenaban a la muerte en la hoguera, de manera singular, a las mujeres que se contorsionaban al acompasando del “mal de San Vito” o siendo “víctimas”, por ejemplo, como ocurre en los Altos de Guatemala con el “tarantismo”. La tarántula es una araña que teje con sus movimientos, no hay tejido previo al movimiento, no hay movimiento previo a cada tejido, a los poderes – y a los poderosos- les resulta insoportable la seducción que sus movimientos producen, ante ese erotismo las queman a ellas antes de permitirse dejarse llevar por la llama erótica (Octavio paz). Esa llama erótica es lo que cada danzante pone en juego y se juega con su público en cada paso de su danza. El erotismo de una danza pone en juego una cura, una cura erótica que a su vez produce erotismo, así lo constataba Sigmund Freud con Elizabeth von R: “En la primavera de 1894 me enteré de que concurriría a un baile, para el cual pude procurarme acceso, y no dejé escapar la oportunidad de ver a mi antigua enferma en el alígero vuelo de una rápida danza. Más tarde, por su libre inclinación, se casó con un extraño”. Digamos que danzar en un baile y poner en juego un cuerpo en la danza del matrimonio, al menos en aquella época, era una indicación de los efectos de un psicoanálisis: el cuerpo se aligeraba de las cargas que suelen colocarlo en posición de prisionero, por ejemplo, un cuerpo prisionero de la imagen ¿podrá danzar? Notemos que Freud no veía inconveniente alguno en desplazarse él para ver a aquella que fue su paciente. Freud en su texto La interpretación de los sueños (1899-1900) extrae enseñanzas de una danza onírica. Se trata de un sueño que ocupo la noche de Alejandro Magno: un sátiro danzaba sobre un escudo. Se trataba de una danza compuesta entre “Sa” y “tiro”, la primer parte del baile indicaba una posesión “Tuya”, la segunda daba cuenta del nombre de una ciudad a cuya vera Alejandro fue tomado por ese sueño: la ciudad de Tiro. Alejandro quien era víctima de una inhibición, estaba paralizado, tenía la ciudad sitiada y no se atrevía a dar el paso de tomarla; su parálisis ponía en riesgo la toma de esa plaza, e incluso hasta se arriesgaba a invertir el efecto de tenerla sitiada, sus tropas quedaban extenuadas dando vueltas sin tomarla. Artemidoro de Dalcis, un onirocrítico no le hizo sólo una interpretación sino que puso en juego su cuerpo, le dio un empujón a Alejandro al decirle: “Tuya es Tiro”. Con ese empuje corporal Alejandro puso en danza su cuerpo y partir de esa fecha fue bautizado como Alejandro Magno, el constructor de un vasto imperio. Alejandro al proteger su cuerpo se quedaba paralizado, al ponerlo en riesgo apostándolo cambió el curso de la historia. Una apuesta semejante espera a cada danzante cuando entra en escena y arriesga el vuelo ligero de su cuerpo para organizar un lazó erótico con la música y con el público. ¿O no? Otro lazo entre la danza y el psicoanálisis está dibujado por un horizonte compartido: el danzante de forma semejante al psicoanalista no accede a sus respectivos lugares por una acumulación de “conocimientos” o de “títulos de estudios”, ninguno de ellos es un “profesional” y tampoco es un “especialista”, ambos suelen estudiar e incluso leer mucho, pero no es un conocimiento lo que les permite a uno danzar y al otro analizar, entonces ¿Cuál es el procedimiento por el cual cada uno de ellos se hace cargo de ese lugar? Sólo indicamos una semejanza: ambos arriesgan un cuerpo para darle lugar a lo imposible, y de ese imposible hacen un saber en acto, paso por paso. Alberto Sladogna 





